ODA A MIS PADRES: LOS GUARDIANES DE MI DESTINO
Por: Simplicio Nsue Avoro
Hay deudas que nunca se terminan de pagar.
No porque sean demasiado grandes, sino porque nacen del amor, del sacrificio y de la entrega silenciosa de quienes nos dieron la vida.
Esta es una oda a mis padres.
A aquellos hombres y mujeres sencillos que, sin poseer riquezas materiales, comprendieron que la educación era el tesoro más valioso que podían legar a sus hijos.
Nací en una familia humilde.
Los recursos económicos eran escasos, pero abundaban la dignidad, el sentido de la responsabilidad, el respeto por los demás y la confianza en el valor transformador de los estudios.
Mis padres no tuvieron grandes fortunas que dejarme en herencia.
Me dejaron algo mucho más importante: la convicción de que el conocimiento abre puertas que la pobreza no puede cerrar.
Cuando era niño, hicieron esfuerzos que hoy todavía me conmueven.
Me enviaron a estudiar lejos de casa, a un colegio de la misión católica donde permanecí internado durante siete años.
Aquella decisión supuso sacrificios que solo ahora, con la perspectiva de los años, soy capaz de comprender plenamente.
Ellos soportaban las privaciones.
Yo recibía la oportunidad.
Ellos renunciaban.
Yo avanzaba.
Ellos sembraban.
Yo recogía los frutos.
Cuando las dificultades económicas amenazaron con quebrar mis sueños y el hambre me llevó a abandonar temporalmente los estudios, mis padres no se resignaron.
No aceptaron que el destino de su hijo quedara determinado por la escasez.
Mi madre lloró al conocer mi desesperación.
Mi padre reflexionó en silencio.
Y juntos tomaron una decisión extraordinaria.
Una decisión nacida del amor más profundo.
Mi madre dejó el pueblo y descendió a Bata para acompañarme durante años.
No lo hizo por comodidad.
No lo hizo por interés.
Lo hizo porque creía en el valor de la educación y porque creía en mí.
Durante más de siete años permaneció a mi lado para que pudiera continuar mis estudios.
Mientras tanto, mi padre permanecía en el pueblo, soportando la distancia y la ausencia.
Hoy comprendo que aquel sacrificio no fue solamente económico.
Fue también afectivo.
Fue familiar.
Fue humano.
Mis padres separaron temporalmente sus vidas para unir sus esfuerzos en torno a un objetivo común: el futuro de su hijo.
Aquella decisión cambió mi destino.
Gracias a ella terminé mis estudios secundarios.
Gracias a ella obtuve una beca.
Gracias a ella pude continuar mi formación en El Cairo.
Gracias a ella llegué a ser la persona que soy.
Por eso, cuando alguien me pregunta de dónde nace mi amor por los estudios, mi respuesta es sencilla:
Nace de mis padres.
Nace de su ejemplo.
Nace de sus renuncias.
Nace de su fe inquebrantable en la educación.
Ellos me enseñaron que estudiar no es únicamente adquirir conocimientos.
Es aprender a ser libre.
Es ampliar horizontes.
Es construir oportunidades.
Es honrar el esfuerzo de quienes creyeron en nosotros cuando todavía éramos incapaces de creer plenamente en nosotros mismos.
Hoy escribo estas líneas desde la gratitud.
Las escribo para mi esposa, para mis hijos, para mis nietos y para las generaciones futuras de mi familia.
Quiero que sepan que cada logro alcanzado en mi vida lleva la huella invisible de dos personas extraordinarias.
Un padre que nunca dejó de confiar en la educación.
Y una madre que fue capaz de sacrificar años de su propia vida para acompañar el sueño de su hijo.
Si algún mérito hay en mi trayectoria, pertenece también a ellos.
Si alguna puerta se abrió ante mí, fueron ellos quienes me enseñaron a llamar.
Si alguna meta alcancé, fueron ellos quienes me ayudaron a dar los primeros pasos.
Por eso hoy levanto esta oda.
No a la riqueza.
No al poder.
No a la fama.
Sino a la grandeza silenciosa de unos padres que comprendieron que el mejor legado para un hijo no es la herencia que se guarda en un cofre, sino la educación que se siembra en el corazón.
A vosotros, padre y madre.
A vuestra fe.
A vuestro sacrificio.
A vuestra generosidad.
A vuestro amor.
Gracias.
Porque al apostar por mis estudios, apostasteis por mi destino.
Y porque vuestro ejemplo seguirá iluminando el camino de nuestra familia mucho después de que nuestras voces se hayan apagado.
«Los padres que invierten en la educación de sus hijos no construyen solamente un futuro individual; construyen un legado que atraviesa generaciones.»
Simplicio Nsue Avoro

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