Discurso de su Santidad el Papa León XIV ante las Cortes Generales el pasado 8 de junio de 2026

Hay acontecimientos cuya trascendencia no reside en las palabras pronunciadas, sino en aquello que sucede alrededor de ellas. A veces, lo verdaderamente memorable de un discurso no es el contenido de sus afirmaciones, sino la atmósfera que consigue crear. Eso fue, a mi juicio, lo que ocurrió durante la intervención de Su Santidad el Papa León XIV ante las Cortes Generales el pasado 8 de junio.
Muchos analistas han centrado su atención en los asuntos políticos, sociales o morales abordados por el Pontífice. Sin embargo, hubo un hecho aparentemente menor que me llamó poderosamente la atención. Un detalle tan discreto como revelador. Durante unos minutos, en el Congreso y en el Senado se hizo el silencio.
Puede parecer una observación insignificante. No lo es.
En una época dominada por el estruendo permanente, el silencio se ha convertido en un bien escaso. Más aún en la política, donde la palabra ha dejado con frecuencia de ser un instrumento de entendimiento para convertirse en un arma arrojadiza. Por eso resultaba casi sorprendente contemplar a los representantes de la soberanía nacional escuchando sin interrupciones, sin aspavientos, sin la ansiedad de la réplica inmediata.
Aquel silencio tenía algo de regreso a un tiempo mejor. No porque el pasado fuera necesariamente más virtuoso, sino porque evocaba una manera distinta de comprender la vida pública.
Era el silencio de quien escucha antes de responder.
El silencio de quien presta atención porque considera que el otro merece ser escuchado.
El silencio de quien reflexiona antes de emitir un juicio.
El silencio que nace del respeto.
El silencio que precede a la palabra responsable.
Y también, por paradójico que pueda parecer, el silencio profundamente democrático de quien acepta que ninguna verdad se fortalece a base de gritos.
La democracia no consiste únicamente en hablar. Consiste, sobre todo, en escuchar. Escuchar al aliado y escuchar al adversario. Escuchar a quien coincide con nosotros y, especialmente, a quien discrepa. Sin esa disposición interior, el debate degenera en una simple superposición de monólogos donde nadie persuade a nadie porque nadie intenta comprender a nadie.
Quizá por eso aquella escena parlamentaria poseía una fuerza simbólica tan poderosa. Durante unos instantes desaparecieron los gestos estudiados, las consignas prefabricadas y la teatralización constante que caracteriza buena parte de la política contemporánea. Por unos minutos, la palabra recuperó su solemnidad porque estuvo rodeada de silencio.
La imagen invita inevitablemente a una reflexión sobre el estado actual del parlamentarismo español.
Nuestros parlamentos fueron concebidos como lugares para deliberar. La propia palabra «parlamento» remite al arte de hablar. Pero hablar no significa vociferar. Hablar no significa interrumpir. Hablar no significa humillar al adversario para obtener un titular de pocos segundos en las redes sociales o en los informativos de la noche.
Sin embargo, da la impresión de que la política española ha ido sustituyendo progresivamente el razonamiento por la agitación, el argumento por el eslogan y la discrepancia legítima por la descalificación sistemática. El adversario ha dejado de ser alguien con quien se compite para convertirse en alguien a quien se demoniza. El debate público se ha empobrecido hasta extremos preocupantes, arrastrando consigo la calidad de nuestras instituciones y, en ocasiones, la confianza de los ciudadanos en ellas.
El ruido ha terminado por convertirse en una forma de poder. Quien más interrumpe parece más fuerte. Quien más exagera parece más convincente. Quien más insulta obtiene más atención. Pero el ruido jamás ha resuelto un problema. Al contrario: suele ocultarlo.
Las sociedades avanzan gracias a las ideas, no gracias a los decibelios.
Por ello siempre he creído que quienes se dedican a la política tienen una doble responsabilidad. Deben ser gobernantes, pero también educadores cívicos. Cada intervención pública transmite una enseñanza. Cada debate deja una huella. Cada palabra pronunciada desde una tribuna institucional contribuye a modelar la cultura democrática de un país.
Los ciudadanos necesitan representantes capaces de elevar el nivel de la conversación pública, no de degradarla. Necesitan líderes que comprendan que la autoridad no nace de la agresividad verbal, sino de la inteligencia, la serenidad y el ejemplo. Necesitan políticos que se esfuercen por resolver problemas, no especialistas en crearlos para después explotarlos electoralmente.
Quizá esa sea la enseñanza más profunda que dejó aquella jornada. No una propuesta concreta, ni una reforma legislativa, ni una consigna ideológica. Algo mucho más elemental y, precisamente por ello, mucho más necesario.
La recuperación del silencio.
Porque solo quien sabe guardar silencio puede aprender. Solo quien aprende puede comprender. Y solo quien comprende está verdaderamente preparado para hablar en nombre de los demás.

Simplicio Nsue Avoro

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