(Diálogo entre discípulo y maestro, sin jerarquías, sin dogmas)
Ona Nsue caminaba de un lado a otro. Sus pasos eran cortos, nerviosos. Nsue Abuy permanecía sentado, inmóvil, como si el tiempo no le concerniera.
—Maestro —dijo al fin Ona Nsue—, llevo días escuchando palabras que ya no me tranquilizan.
Nsue Abuy levantó la mirada lentamente.
—Entonces estás empezando a escuchar de verdad.
—No —replicó el joven—. Estoy empezando a dudar. Nos enseñaron a resistir, a esperar, a ser pacientes. Pero mientras esperamos, otros deciden por nosotros.
—La impaciencia no es pensamiento —respondió el maestro—. Es fuego sin dirección.
—¿Y la paciencia no es resignación disfrazada? —preguntó Ona Nsue con dureza—. Dígame, Maestro, ¿hasta cuándo debemos cargar con un pasado que no elegimos?
El anciano sabio apoyó ambas manos sobre el bastón.
—Hasta que dejes de cargarlo como excusa y empieces a usarlo como conciencia.
—Eso suena bien —dijo el joven—, pero no cambia nada. Seguimos pensando con palabras ajenas, midiendo el mundo con reglas que no nacieron aquí.
—Porque las aprendimos —respondió Nsue Abuy—, y aprender no es pecado.
—¿Y desaprender? —insistió Ona Nsue—. ¿Quién nos enseñó a desaprender?
El silencio cayó entre ambos. El baobab parecía escuchar.
—Desaprender —dijo el maestro— es más peligroso que aprender. Muchos confunden desaprender con destruir.
—¿Y qué hay de malo en destruir lo que nos niega? —alzando la voz—. Nos hicieron creer pequeños, dependientes, incapaces. ¿No merece eso ser demolido?
Nsue Abuy frunció el ceño.
—Cuidado, muchacho. El que solo sabe destruir termina viviendo entre ruinas… incluso cuando vence.
—¿Entonces debemos aceptar lo que somos ahora?
—No —respondió con firmeza—. Debemos entender cómo llegamos a serlo. La colonización no solo ocupó la tierra, ocupó la mente. Y una mente ocupada no se libera con gritos, sino con pensamiento.
Ona Nsue se detuvo frente al maestro.
—Pero pensar despacio mientras el mundo corre es quedarse atrás.
—No —corrigió el anciano sabio—. Es evitar correr hacia el abismo.
—A veces siento que ustedes, los maestros, tienen miedo de ir más lejos.
El rostro de Nsue Abuy se endureció.
—Y a veces siento que ustedes, los discípulos, tienen prisa por mandar antes de saber gobernarse.
El joven bajó la mirada un instante, luego volvió a alzarla.
—Entonces dígame, Maestro, ¿qué espera de mí?
El anciano respiró hondo.
—Que no repitas mis palabras.
Que no reniegues de ellas sin comprenderlas.
Que construyas sin odiar, y que rompas sin olvidar.
—¿Y si me equivoco?
—Te equivocarás —dijo Nsue Abuy—. Pero si lo haces desde tu pensamiento y no desde el resentimiento, incluso el error será fecundo.
El viento sacudió las hojas del baobab. Ona Nsue habló más bajo:
—Quiero un África que no pida permiso para existir.
El maestro asintió lentamente.
—Entonces empieza por no pedir permiso para pensar como africano, con memoria, con dignidad y con responsabilidad.
📘 Fragmento de la novela El renacer bajo el baobab (el camino hacia el futuro del África anhelada)
Una obra donde el futuro no nace de la negación del pasado, sino del diálogo —a veces incómodo— entre generaciones.
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Simplicio Nsue Avoro, pedagogo y educador

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