En memoria de D. José Mbomio, fallecido en Madrid el 9 de julio de 2026.
Este capítulo forma parte del libro inédito Los que salimos para volver, de Cruz Melchor Eya Nchama y Simplicio Nsue Avoro, una obra concebida para preservar la memoria de la generación de ecuatoguineanos que abandonó su tierra sin renunciar jamás a ella.
Despedida a un guardián de la memoria
Hay hombres cuya muerte entristece a una familia.
Hay otros cuya desaparición deja en silencio a todo un pueblo.
Don José Mbomio pertenecía a estos últimos.
Con su fallecimiento, ocurrido en Madrid el jueves 9 de julio de 2026, la diáspora ecuatoguineana pierde a uno de sus referentes morales más respetados; a uno de esos hombres que, sin buscar protagonismo ni reconocimiento, dedicaron su vida a custodiar aquello que ningún pueblo puede permitirse perder: su memoria.
Su verdadera obra no figura en los archivos oficiales ni puede medirse por los cargos que desempeñó.
Permanece escrita en la conciencia de quienes tuvimos el privilegio de escucharle.
Entre quienes salieron de Guinea Ecuatorial hubo trayectorias muy distintas.
Algunos destacaron en la universidad, otros en la administración, otros en el ámbito profesional.
Pero hubo también personas cuya grandeza no dependió del éxito visible.
Su autoridad nacía de la coherencia entre lo que pensaban, decían y vivían.
José Mbomio fue una de ellas.
No abandonó su tierra siendo un muchacho sin responsabilidades.
Ya era maestro.
Ya era un hombre respetado.
Ya había aprendido que educar significaba mucho más que enseñar a leer o escribir: significaba formar personas.
Como tantos compatriotas, llegó a España con esperanzas e incertidumbres.
La vida modificó algunos de sus proyectos.
No todo fue como había imaginado.
Pero nunca permitió que las dificultades erosionaran su dignidad.
Su título de maestro fue reconocido y ejerció la docencia durante largos años hasta alcanzar una jubilación merecida.
Sin embargo, el magisterio por el que será recordado comenzó cada tarde, cuando terminaban las clases.
En reuniones familiares, encuentros de compatriotas, celebraciones culturales o conversaciones sencillas, ocupaba un lugar que nadie le había otorgado oficialmente, pero que todos le reconocíamos de forma natural.
Era el lugar del mayor.
Del consejero.
Del hombre prudente.
Del guardián de la memoria.
Nunca hablaba para exhibir conocimientos.
Hablaba para impedir que olvidáramos quiénes éramos.
Nos recordaba las enseñanzas de nuestros mayores, el respeto debido a la palabra dada, el valor de la familia extensa, el significado de la solidaridad, el sentido del honor y la obligación moral de transmitir a los jóvenes aquello que nosotros habíamos recibido.
No pronunciaba discursos.
Compartía vida.
Y cada conversación con él terminaba convirtiéndose en una lección.
Cuando José Mbomio hablaba, África volvía a sentarse entre nosotros.
No el África de los mapas ni el de los titulares de prensa.
El África de los ancianos que enseñan sin imponer.
El África donde la autoridad nace del ejemplo.
El África donde la experiencia constituye una forma de sabiduría.
El África donde la palabra conserva todavía un valor sagrado.
Mientras muchos fuimos adaptándonos a nuevas formas de vivir, nuevas costumbres y nuevas maneras de entender el mundo, él mantuvo una fidelidad serena a las raíces.
Nunca confundió integración con olvido.
Comprendía que era posible formar parte plenamente de la sociedad española sin dejar de pertenecer espiritualmente a la tierra que nos había visto nacer.
Por eso fue mucho más que un maestro.
Fue un puente entre generaciones.
Fue una conciencia colectiva.
Fue una memoria compartida.
Hoy, tras su partida, comprendemos mejor la inmensidad de aquella tarea silenciosa.
Los guardianes de la memoria rara vez reciben homenajes mientras viven.
Solo cuando desaparecen descubrimos el vacío inmenso que dejan.
Entonces comprendemos que ya no estará quien resolvía con paciencia nuestras dudas sobre una costumbre antigua; quien explicaba el verdadero sentido de una palabra de nuestra lengua; quien narraba, una vez más, aquella historia que todos conocíamos y que, sin embargo, nunca nos cansábamos de volver a escuchar.
Con José Mbomio no desaparece únicamente un hombre bueno.
Desaparece una biblioteca viviente.
Una escuela sin paredes.
Un archivo humano de la memoria ecuatoguineana.
Una manera noble de entender el compromiso con la comunidad.
Pero quienes tuvimos la fortuna de conocerle sabemos que su verdadera herencia permanece.
Permanece en quienes aprendimos de su ejemplo.
En quienes seguiremos pronunciando las palabras que él se negó a dejar morir.
En quienes transmitiremos a nuestros hijos y a nuestros nietos los valores que recibimos escuchándole.
Porque la muerte puede detener un corazón.
Pero jamás puede destruir una semilla que ha sido sembrada en muchas conciencias.
Por eso este libro no podía avanzar sin detenerse ante su figura.
Porque Los que salimos para volver habla precisamente de personas como José Mbomio.
De hombres y mujeres que comprendieron que regresar no consiste únicamente en volver físicamente a la tierra que nos vio nacer.
También se regresa cuando se mantiene viva la cultura.
Cuando se conserva la lengua.
Cuando se protege la memoria.
Cuando se transmite a los jóvenes la dignidad de sus antepasados.
José Mbomio hizo ese viaje todos los días de su vida.
Y gracias a él, muchos de nosotros nunca dejamos de regresar.
Despedida
Hoy inclinamos la cabeza con respeto, pero no con desesperanza.
Porque los hombres justos no desaparecen del todo.
Permanecen en las palabras que enseñaron, en los valores que encarnaron y en la huella moral que dejaron en quienes caminaron a su lado.
Querido don José Mbomio:
Gracias por enseñarnos que un pueblo sin memoria termina perdiendo su alma.
Gracias por recordarnos que la educación comienza en la familia y culmina en el ejemplo.
Gracias por demostrar que la verdadera autoridad nunca necesita imponerse porque nace del respeto, de la humildad y de la coherencia.
Su voz se ha apagado.
Pero su palabra seguirá resonando mientras exista un ecuatoguineano que eduque a sus hijos en el amor a sus raíces.
Mientras una familia recuerde las enseñanzas de sus mayores.
Mientras la diáspora continúe sintiéndose parte de un mismo pueblo.
Los árboles más grandes del bosque africano no desaparecen cuando caen.
Se convierten en la tierra fértil sobre la que crecerán los nuevos árboles.
Así será también con usted.
Que la tierra de nuestros antepasados, la que nunca abandonó su corazón, le reciba con la dignidad reservada a los hombres buenos.
Y que el Dios en quien confió durante toda su vida le conceda el descanso eterno.
Nosotros seguiremos caminando.
Pero lo haremos sabiendo que, gracias a usted, nunca volveremos a olvidar quiénes somos.
Descanse en paz, maestro.
Descanse en paz, guardián de la memoria.
Descanse en paz, querido primo José Mbomio.
Su nombre permanecerá para siempre escrito en la memoria agradecida de la diáspora ecuatoguineana.
Cruz Melchor Eya Nchama/Simplicio Nsue Avoro