Hay artículos que nacen de una idea y otros que nacen de un sentimiento compartido. Este pertenece a los segundos.
Después de más de cincuenta y cuatro años viviendo en España, formando parte de la primera generación de ecuatoguineanos que construyó aquí una nueva vida, me siento en la obligación moral de abrir una reflexión que quizá muchos comparten en silencio, pero pocos se atreven a expresar públicamente.
Comenzaré afirmando algo que considero indiscutible: el amor no conoce la discriminación.
Quienes llegamos jóvenes desde Guinea Ecuatorial y nos casamos con mujeres españolas somos testigos de ello. Nuestros matrimonios demostraron que era posible construir familias sólidas por encima del color de la piel, del origen o de la cultura. Nuestras esposas rompieron barreras sociales cuando todavía existían prejuicios raciales mucho más visibles que los actuales. Compartieron con nosotros la aventura de emigrar, educaron a nuestros hijos y contribuyeron decisivamente a que nuestra integración en España fuera una realidad.
Ese reconocimiento es justo y necesario.
Precisamente por eso debemos ser capaces de hablar también de aquellas situaciones que, sin representar a la mayoría, generan un profundo sufrimiento dentro de nuestra comunidad.
El aislamiento silencioso
Con el paso de los años he observado un fenómeno que merece ser analizado sin apasionamientos.
Algunos ecuatoguineanos casados con mujeres españolas terminan viviendo prácticamente desconectados de su comunidad de origen. Poco a poco dejan de acudir a encuentros familiares, desaparecen de las asociaciones, dejan de mantener contacto con amigos de toda la vida e incluso reducen al mínimo la relación con sus propios hermanos.
No afirmo que esto ocurra siempre ni que exista una única explicación. Cada matrimonio constituye una realidad distinta y sería irresponsable convertir casos particulares en una regla general.
Sin embargo, cuando ese aislamiento continúa incluso después del fallecimiento del marido, la cuestión deja de ser exclusivamente privada para adquirir una dimensión ética y comunitaria.
La muerte no rompe únicamente un vínculo matrimonial.
También interpela a una familia extensa, a unos amigos, a un pueblo y a una memoria colectiva.
Quien ha dedicado buena parte de su vida a mantener vivos los lazos de la diáspora no pertenece únicamente a su núcleo familiar. Pertenece también a la historia compartida de quienes caminaron con él durante décadas.
Por eso resulta doloroso cuando familiares cercanos encuentran dificultades para despedirse de quien fue su hermano, su tío o su compañero de vida. No porque se discutan los derechos legales del cónyuge superviviente —que nadie cuestiona—, sino porque la dignidad del duelo exige también espacio para la memoria colectiva.
Las leyes regulan derechos.
La ética recuerda deberes.
Y entre esos deberes figura el respeto hacia la historia personal y comunitaria de quien acaba de partir.
¿Qué ocurre con nuestras tradiciones?
La segunda reflexión nace igualmente de un hecho reciente.
Muchas comunidades bantúes de Guinea Ecuatorial conservan rituales funerarios que forman parte de su patrimonio cultural. Entre ellos se encuentra el periodo de luto de la viuda y la ceremonia comunitaria que simboliza el final de ese duelo.
Conviene explicar que estas prácticas no son simples costumbres folclóricas.
Son mecanismos culturales que ayudan a elaborar el dolor, reorganizar las relaciones familiares y expresar que nadie afronta la pérdida en soledad.
Tradicionalmente, estos actos han sido custodiados por mujeres mayores depositarias del conocimiento comunitario. Ellas representan la continuidad de una sabiduría transmitida de generación en generación.
Cuando estos ritos desaparecen o son sustituidos sin un diálogo previo con la propia comunidad, conviene preguntarse qué estamos perdiendo.
La fe cristiana ocupa un lugar esencial en la vida de muchísimos ecuatoguineanos. Pero la fe no debería convertirse en un argumento para borrar todo aquello que forma parte de nuestra identidad cultural.
Como recuerda el maestro Nsue Abuy en mi novela El renacer bajo el baobab, la fe necesita caminar acompañada de la conciencia.
La espiritualidad auténtica no destruye las culturas.
Las ilumina.
Las purifica cuando es necesario.
Pero nunca debería empobrecerlas.
El verdadero diálogo intercultural comienza en casa
Se habla mucho de integración.
Sin embargo, pocas veces hablamos de integración dentro de nuestras propias familias.
Los matrimonios interculturales exigen mucho más que compartir una vivienda.
Exigen conocer profundamente la historia del otro.
Comprender qué significa la familia para cada cultura.
Qué papel desempeñan los mayores.
Cómo se entiende la muerte.
Qué importancia tienen los ritos.
Qué lugar ocupa la comunidad.
Estas conversaciones deberían producirse mucho antes de que llegue el duelo.
Porque cuando no existen acuerdos previos, las diferencias culturales aparecen precisamente en el momento de mayor vulnerabilidad emocional.
La diáspora también debe hacer autocrítica
Sería injusto dirigir toda la responsabilidad hacia las esposas españolas.
La propia comunidad ecuatoguineana necesita preguntarse si ha sabido mantener el contacto con quienes iban formando nuevas familias.
¿Hemos acompañado suficientemente a nuestros matrimonios mixtos?
¿Hemos explicado nuestras tradiciones a nuestros hijos nacidos en España?
¿Hemos transmitido el sentido profundo de nuestros rituales o simplemente hemos supuesto que todos los conocían?
Las culturas no desaparecen únicamente porque otros las ignoren.
También desaparecen cuando nosotros dejamos de enseñarlas.
Nuestra identidad no puede morir con nosotros
La primera generación de ecuatoguineanos emigrados está entrando en la etapa final de su recorrido vital.
Con cada fallecimiento desaparecen recuerdos irrepetibles, historias familiares, lenguas, proverbios, canciones y formas de entender la vida que ningún libro podrá recuperar completamente.
Cada anciano que muere sin transmitir su memoria es una biblioteca que se cierra para siempre.
Por eso resulta urgente abrir un gran diálogo dentro de nuestra diáspora.
No para enfrentar culturas.
No para alimentar resentimientos.
No para señalar culpables.
Sino para preguntarnos, con serenidad, qué legado queremos dejar a nuestros hijos y nietos.
El amor nos permitió construir familias donde antes algunos solo veían diferencias.
Ahora nos corresponde demostrar que ese mismo amor también es capaz de proteger la memoria, respetar las raíces y honrar la dignidad de quienes nos precedieron.
Porque una persona puede elegir dónde vivir.
Puede elegir con quién compartir su vida.
Pero nadie debería verse privado del derecho a seguir perteneciendo, hasta el último instante de su existencia, al pueblo que le dio nombre, historia y memoria.
Esa memoria no pertenece únicamente a la familia.
Pertenece también a toda la comunidad.
Y las comunidades que olvidan cómo despedir a los suyos terminan olvidando también quiénes son.
Simplicio Nsue Avoro,
Educador y Pedagogo