EL VALOR DE LOS ESTUDIOS
Por: Simplicio Nsue Avoro, pedagogo y educador
Desde muy pequeño, mis padres me inculcaron el valor de los estudios, los estudios como la antesala para llegar con mínimas garantías al mundo laboral. Las escenas familiares que confirman lo que digo y lo que he vivido son estas.
Pertenezco a una familia muy pobre económicamente hablando, pero muy rica en cuanto a los valores éticos y morales. A pesar de dicha condición, mis padres hicieron todo lo posible por mandarme a un colegio de la misión católica, donde estuve internado durante siete años.
Al acabar los estudios primarios, tuve que cambiar de ciudad y fui a vivir en casa de un tío mío, hermano menor de mi padre, policía local de Bata. En la casa de mi tío éramos más de seis primos, más los tres hijos de mi tío. Solo entrada el sueldo de mi tío, poca cosa en tiempo de la colonia española. Y pasábamos hambre, mucha hambre. Lo que hizo que uno de mis primos y yo decidiéramos abandonar los estudios y subir al pueblo como polizones en un coche de un conductor, también primo nuestro, que subía al pueblo. Bajamos como pudimos del coche y emprendimos camino al pueblo, de noche sin luz.
Mientras caminábamos, apareció con señor en bicicleta, nos alumbró y se dio cuenta de que éramos nosotros. El hombre alarmado, nos preguntó cómo habíamos llegado cuando teníamos que estar en Bata. Le contamos la verdad. Por poco nos paga. Si llego a tener un accidente, nadie sabría que estamos en el coche. Se bajó de la bicicleta y fuimos caminando hasta el pueblo. El señor llamó a mis padres y les dio cuenta de lo que había sucedido. Mi madre se puso a llorar. Al amanecer, mis padres nos exigieron explicarles detalladamente por qué habíamos escapado de la casa de nuestro tío. Les explicamos todas las penurias que estábamos pasando en casa de nuestro tío, no había comida para todos, etc.
A partir de este acontecimiento, mi madre habló con mi padre y le dijo que ella bajaba conmigo a Bata para cuidarme mientras terminaba mis estudios secundarios.
Mi padre estaba casado con tres mujeres. Mi madre era la segunda de las tres y era el pilar de la familia, la que mejor cuidaba a mi padre, y la que llevaba la economía familiar, la más independiente de las tres. Mi padre bajó a Bata para hablar con su hermanito sobre el tema. Mi tío aceptó que mi madre se quedara a vivir con nosotros bajo su tutela familiar. Y así fue hasta que acabé mis estudios secundarios, solicité una beca y me fui a El Cairo.
Yo como hijo de mis padres, siento que rompí el matrimonio de estas dos personas porque apostaron por mis estudios. Mi padre se quedó casi solo en el pueblo mientras mi madre estaba conmigo en Bata durante más de siete años.
Este monográfico lo escribo especialmente para la familia que he formado en España, para mi esposa y mis hijos, a fin de que entiendan de dónde me viene ese empeño de los estudios. Para mí, los estudios resultan una tradición familiar. Y sus beneficios no son para los padres, sino para los propios hijos.
LOS ESTUDIOS: EL MAYOR LEGADO DE MIS PADRES
Desde muy pequeño, mis padres me inculcaron el valor de los estudios. Para ellos, la educación era la antesala que permitía llegar al mundo laboral con mayores garantías y afrontar la vida con mejores herramientas. Las experiencias que viví durante mi infancia y juventud explican por qué esta convicción ha permanecido siempre tan arraigada en mí.
Pertenezco a una familia muy humilde en lo económico, pero inmensamente rica en valores éticos y morales. A pesar de las dificultades materiales, mis padres hicieron todo lo posible para que pudiera estudiar. Gracias a su esfuerzo fui enviado a un colegio de la misión católica, donde permanecí internado durante siete años.
Al finalizar los estudios primarios tuve que trasladarme a otra ciudad. Fui a vivir a casa de un tío mío, hermano menor de mi padre, que trabajaba como policía local en Bata. En aquella casa convivíamos más de seis primos junto con los tres hijos de mi tío. El único ingreso familiar era el sueldo de mi tío, una cantidad modesta incluso para la época colonial española.
Las dificultades eran enormes. Pasábamos hambre, mucha hambre. La situación llegó a ser tan dura que uno de mis primos y yo decidimos abandonar los estudios y regresar al pueblo. Aprovechamos que un conductor, también primo nuestro, viajaba hacia allí y nos escondimos como polizones en su vehículo. Al llegar, bajamos como pudimos y emprendimos a pie el camino hacia el pueblo, en plena noche y sin ninguna luz.
Mientras caminábamos apareció un hombre en bicicleta. Al alumbrarnos, nos reconoció inmediatamente. Sorprendido y preocupado, nos preguntó qué hacíamos allí cuando debíamos estar en Bata. Le contamos la verdad. El hombre se enfadó con razón y nos hizo ver el enorme riesgo que habíamos corrido. Si hubiera ocurrido algún accidente durante el trayecto, nadie habría sabido que viajábamos escondidos en aquel camión.
Nos acompañó hasta el pueblo y avisó a mis padres de lo sucedido. Mi madre rompió a llorar al conocer la noticia. Al amanecer, mis padres nos pidieron que les explicáramos detalladamente las razones de nuestra huida. Les contamos las penurias que estábamos viviendo en casa de nuestro tío, la falta de alimentos y las dificultades del día a día.
Aquel acontecimiento marcó un antes y un después. Mi madre habló con mi padre y le dijo que ella misma bajaría a Bata para cuidarme mientras terminaba los estudios secundarios.
Mi padre estaba casado con tres mujeres. Mi madre era la segunda de ellas y constituía uno de los pilares fundamentales de la familia. Era una mujer trabajadora, responsable y con gran capacidad para administrar la economía doméstica. También era quien mejor cuidaba de mi padre y quien mostraba una mayor independencia personal.
Mi padre viajó a Bata para hablar con su hermano sobre la situación. Mi tío aceptó que mi madre se instalara con nosotros bajo su tutela familiar. Así fue como mi madre permaneció a mi lado durante todos los años que necesité para completar los estudios secundarios. Más tarde solicité una beca y tuve la oportunidad de continuar mi formación en El Cairo.
Como hijo, siempre he sentido que mis estudios exigieron un enorme sacrificio a mis padres. De algún modo, ellos renunciaron a una parte importante de su vida en común para apostar por mi futuro. Mientras mi madre permanecía conmigo en Bata durante más de siete años, mi padre continuaba en el pueblo, prácticamente solo. Ambos entendieron que la educación de un hijo era una inversión que merecía cualquier sacrificio.
Escribo este monográfico especialmente para la familia que he formado en España: para mi esposa y para mis hijos. Deseo que comprendan de dónde nace mi insistencia en la importancia de los estudios. No se trata únicamente de una convicción personal; es una herencia familiar construida sobre el esfuerzo, la renuncia y el amor de mis padres.
Para mí, los estudios representan una tradición familiar. Son el mayor legado que recibí de mis progenitores. Sus beneficios no pertenecen a los padres que hacen el sacrificio, sino a los hijos que reciben la oportunidad. Mi historia es la prueba de que la educación puede transformar una vida y de que detrás de cada estudiante suele haber personas que, en silencio, han renunciado a mucho para hacer posible ese futuro.
Conclusión
Cuando recuerdo los sacrificios que hicieron mis padres para que pudiera estudiar, comprendo que la verdadera riqueza de una familia no se mide por los bienes que posee, sino por los valores que transmite. Entre todos ellos, la educación fue el más valioso. Gracias a ella pude construir mi propio camino y ofrecer nuevas oportunidades a las generaciones que vinieron después.
Simplicio Nsue Avoro, pedagogo y educador