Hay palabras que la burocracia desgasta hasta vaciarlas de su significado. Se convierten en términos administrativos, en simples casillas de un formulario, en trámites. «Jubilación» es una de ellas.
Porque jubilarse no es irse.
O, al menos, no debería serlo.
Cuando una persona ha dedicado veinte años de su vida a una institución educativa, su vínculo con ella trasciende con mucho la relación contractual. No estamos hablando de un puesto de trabajo que se abandona al cerrar una puerta. Estamos hablando de una parte sustancial de una existencia. De miles de horas invertidas en educar, acompañar, escuchar, corregir, animar, comprender y aprender. De una entrega que no puede resumirse en una fecha de alta y una fecha de baja.
Las escuelas, aunque a veces parezcan olvidarlo, no se construyen únicamente con edificios, reglamentos o proyectos educativos. Se construyen con personas. Con generaciones de docentes que han ido dejando una parte de sí mismos en cada aula, en cada reunión, en cada actividad, en cada conflicto resuelto y en cada alumno que logró descubrir algo de sí mismo gracias a una palabra oportuna.
Quienes hemos pasado casi dos décadas en un mismo centro sabemos que la escuela es mucho más que un lugar de trabajo. Es una geografía emocional. Una memoria compartida.
Permanecen en nosotros los inicios de curso cargados de expectativas y los finales llenos de cansancio y satisfacción. Permanecen los claustros interminables, las semanas culturales, las jornadas deportivas, las salidas pedagógicas, las colonias, los proyectos que parecían imposibles y que terminaron siendo realidad. Permanecen también las conversaciones de pasillo, las complicidades silenciosas entre compañeros, las dificultades superadas colectivamente y las alegrías que solo comprenden quienes han dedicado su vida a enseñar.
Pero quizá lo más importante no son los acontecimientos visibles, sino aquello que nunca aparecerá en una memoria anual.
Las tutorías en las que unos padres llegaban cargados de incertidumbre y se marchaban con algo de esperanza. Los alumnos que atravesaban momentos difíciles. Las preguntas incómodas para las que no existían respuestas prefabricadas. Las miradas de confianza que un estudiante deposita en un profesor cuando necesita un referente. Los silencios llenos de significado. Los gestos pequeños que nadie registra y que, sin embargo, terminan definiendo una trayectoria profesional.
Todo eso permanece.
Todo eso nos acompaña.
Todo eso nos constituye.
Por eso resulta tan extraño que algunas instituciones, tan preocupadas por educar en valores como la gratitud, la memoria o el reconocimiento, practiquen con frecuencia una amnesia sorprendente respecto a quienes contribuyeron a sostenerlas durante años.
La jubilación suele producir un fenómeno tan silencioso como doloroso: la desaparición repentina. Quien durante décadas fue parte cotidiana de la vida del centro deja de cruzar una puerta y, poco a poco, parece desvanecerse de la memoria institucional. Como si la ausencia física pudiera borrar la huella humana. Como si dejar de ocupar un despacho equivaliera a dejar de pertenecer a una comunidad.
Es una paradoja difícil de comprender.
La escuela enseña a los alumnos a valorar sus raíces, a respetar la experiencia de quienes les precedieron, a reconocer la importancia de la memoria colectiva. Sin embargo, en ocasiones olvida aplicar esos mismos principios dentro de sus propios muros.
Nadie que haya dedicado buena parte de su vida a una institución espera homenajes permanentes ni reconocimientos grandilocuentes. Tampoco pretendemos ocupar espacios que legítimamente corresponden a quienes continúan la tarea educativa. El relevo generacional es natural, necesario y saludable.
Pero una cosa es ceder el testigo y otra muy distinta ser borrado del relato.
Quienes nos hemos jubilado no aspiramos a convertirnos en figuras decorativas ni en presencias nostálgicas. Lo único que deseamos es seguir siendo considerados parte de una historia común. Porque esa historia también nos pertenece.
Los centros educativos suelen hablar de comunidad. Y una comunidad auténtica no está formada únicamente por quienes se encuentran hoy dentro de ella. También la integran quienes ayudaron a construirla ayer. Cuando una institución pierde la capacidad de reconocer a quienes la hicieron posible, corre el riesgo de empobrecer su propia identidad.
La memoria no es un gesto de cortesía.
Es una cuestión de justicia.
Por eso, quienes nos hemos jubilado del C.E. Jaume Balmes no nos hemos ido del todo. Seguimos llevando el centro con nosotros. En nuestras conversaciones, en nuestros recuerdos, en nuestra forma de entender la educación y, sobre todo, en la huella imborrable que dejaron miles de alumnos y alumnas que pasaron por nuestras aulas.
No somos visitantes ocasionales de un lugar que fue nuestro.
Seguimos sintiéndonos parte de él.
Y quizá lo único que pedimos es algo tan sencillo como profundamente humano: no sentirnos extraños en la casa que ayudamos a construir.
Porque jubilarse no es desaparecer.
No es dejar de pertenecer.
No es convertirse en una nota al pie de página.
Jubilarse es permanecer de otra manera.
Y toda comunidad educativa que aspire a educar en la humanidad debería saber reconocerlo.
Simplicio Nsue Avoro, pedagogo y educador que fue del C.E.Jaume Balmes de l’Hospitalet de Llobregat