Ona Nsue aún tenía los puños cerrados. Nsue Abuy seguía sentado, pero su mirada ya no era la misma. Fue entonces cuando Amina avanzó desde la sombra.
—Lleváis rato hablando del pasado como si fuera una herida ajena —dijo con calma—. Pero la herida sangra en nosotras todos los días.
Ambos la miraron.
—No quise interrumpir —continuó—, pero escucharos discutir sobre pensamiento y ruptura mientras las mujeres sostienen la vida me parecía incompleto.
Ona Nsue frunció el ceño.
—No estamos ignorando a nadie. Hablamos del destino común.
—No —corrigió Amina—. Habláis del destino desde vuestra posición. No es lo mismo.
Nsue Abuy inclinó levemente la cabeza.
—Habla, hija —dijo—. La palabra también te pertenece.
—Gracias, Maestro —respondió—. Dices que la colonización ocupó la mente. Es cierto. Pero también ocupó el cuerpo, el tiempo y el vientre de las mujeres. Mientras aprendíamos lenguas ajenas, nos enseñaron a callar las propias.
Ona Nsue bajó la voz.
—¿Insinúas que nuestra lucha es insuficiente?
—Insinúo que está incompleta —dijo Amina—. Queréis liberar el pensamiento, pero ¿para qué vida? ¿Para repetir jerarquías con otros nombres?
El silencio se volvió más denso.
—A veces —prosiguió—, escucho a los jóvenes hablar de África como si fuera una idea. Pero África también es mercado, crianza, cuidado, hambre y esperanza diaria. Si el renacer no llega a eso, no renace nada.
Nsue Abuy cerró los ojos un instante.
—Entonces, ¿qué propones? —preguntó.
—Que dejemos de pensar el futuro como una conquista —respondió— y lo pensemos como una responsabilidad compartida. No se trata solo de romper cadenas, sino de aprender a sostener lo que venga después.
Ona Nsue habló con cierta dureza.
—Pero sin ruptura no hay cambio.
—Sin cuidado tampoco —replicó Amina—. Las revoluciones que olvidan a las mujeres suelen parecerse demasiado a lo que dicen combatir.
El joven respiró hondo.
—¿Y cuál es nuestro error principal?
Amina lo miró directamente.
—Creer que el África anhelada se construye solo con grandes palabras. Se construye también con gestos pequeños, justicia cotidiana y memoria viva. No basta con pensar distinto; hay que vivir distinto.
Nsue Abuy abrió los ojos.
—Hablas como quien no solo ha leído la historia, sino como quien la carga.
—La cargo —respondió ella—, pero no para que pese, sino para que enseñe.
El viento volvió a agitar el baobab. Esta vez, la sombra cubrió a los tres.
—Maestro —dijo Amina—, no nos enseñe solo a pensar. Enséñenos a no reproducir lo que decimos rechazar.
Nsue Abuy asintió lentamente.
—Y tú, Ona Nsue —añadió ella—, no confundas urgencia con verdad. El futuro también necesita ternura.
El joven guardó silencio. Por primera vez, sus manos se relajaron.
—Quizá —dijo al fin— el renacer empieza cuando aprendemos a escucharnos de verdad.
Amina sonrió apenas.
—Quizá —respondió—. O cuando dejamos de tener miedo a cambiar juntos.
📘 Fragmento de la novela El renacer bajo el baobab (el camino hacia el futuro del África anhelada)
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Simplicio Nsue Avoro, pedagogo y educador



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